miércoles, 8 de noviembre de 2017

La memoria de Navarra: el ayer y hoy de los historiadores y los temas

Reflexiones historiográficas en Navarra.
Sobre el quién lo dice, qué ha sido y qué es el milenario Reyno de Navarra:
temas propuestos a examen durante décadas.

Cuando éramos universitarios nos ilusionaba la gran capacidad intelectual y el empuje de muchos jóvenes historiadores, considerados con fundamento como una gran promesa. Por entonces no pudimos imaginar que el tiempo iba a retirarles poco a poco de la investigación histórica. Una cosa es escribir una comunicación basada en fuentes primarias para un Congreso cada cuatro años y sucesivamente, y otra muy distinta tener todos los días entre las manos los  mimbres de las fuentes del conocimiento histórico, profesión ésta silenciosa que complementa -sin duda- la docencia o a la inversa. Motivos profesionales, desilusiones y desmotivación personal han sido la causa de dicho abandono. Una pena. Es muy triste en la vida ver morir ilusiones arraigadas. No obstante, otros condiscípulos, menos brillantes que aquellos en sus estudios, han perseverado en la investigación aunque no hayan recogido otros frutos que el deber cumplido.
Ha pasado el tiempo, y ahora la escasez de vocaciones de historiador corre parejas a qué se hizo con las hermosas hornadas de estudiantes de historia y posgraduados de las décadas de los setenta y algo posteriores. Hoy, los estudios de historia y la investigación histórica están de capa caída, según la experiencia de muchos profesores universitarios y según también de quienes lo contemplan no sin estupor.
Más todavía, hoy el área de conocimiento histórico se ha devaluado: se ha rebajado su rango de ciencia para rozar el periodismo, se han trastocado sus objetivos académicos, convertido en un saber instrumental, y subordinado prácticamente al “disfrute” de los educandos. Bastaría en las aulas un barniz de “conocimiento” y mucho de “experiencia” entretenida y feliz, como si de un viaje al pasado se tratase. Hay centros educativos en los que basta tener una carrera de las llamadas “Letras” para impartir docencia en ciencia histórica. Si esto ocurre con la ciencia histórica, imagine Vd. en qué quedan los estudios de la Geografía, por otra parte tan necesarios en nuestra sociedad. Se trata, según algunos, de no quitar tiempo y esfuerzo a los saberes prácticos, y de añadir a estos la Historia -una vez desterrada la Geografía- como mera curiosidad y  complemento.
Lo que más nos preocupa es cuando los estudios históricos pretenden influir en el pensamiento y las valoraciones del hombre actual, sirviendo a ideas preconcebidas como cumplimiento de los planteamientos de determinadas escuelas historiográficas del pasado y de algunas políticas del presente.
Con el pretexto “desmitificador” algunos quieren crear una realidad  nueva en Navarra, viejo y milenario Reyno pirenaico. Ahora bien, convendría decir que ni todo lo que plantean como “mitos” son tales, ni se deben soslayar las realidades culturales como si nada significaran. Lo considerado como mitos pudiera mantenerse como acervo cotidiano siempre que se identifiquen como tales, sobre todo si se encuentran entreverando la realidad versus antigüedad considerada con valor propio.
Lógicamente los historiadores profesionales, salvo que estén imbuidos por la utilización de la historia como instrumento o herramienta, realizan sus estudios con una total independencia de los temas que desde tales supuestos se van poniendo de moda. Otra cuestión es que a veces los profesionales y los que utilizan el pasado coincidan en los temas por su  interés académico y social.
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En relación con los temas instrumentalizados en relación con la Historia Navarra se pueden diferenciar al menos dos momentos.
Acerquémonos un poco a la historiografía reciente. En 1986 aparecieron en Navarra dos prometedoras asociaciones de historiadores que realizaron sus propios Congresos. Su primer Congreso coincidió en el lugar y casi en el tiempo, apreciándose en el ambiente una sutil rivalidad. Por un lado, el Instituto Gerónimo Ustáriz convocó el Congreso de Navarra de los siglos XVIII, XIX y XX, y, por otro, la Sociedad de Estudios Históricos de Navarra (SEHN) reunió su  Congreso General que  abarcaba toda la historia de Navarra.
Estas dos tendencias, nutridas de historiadores experimentados pero también jóvenes, ofrecían algunas diferencias. La primera tendencia, que abarcaba de los s. XVIII a XX, era más ideológica, tenía un fuerte compromiso práctico, y quedó vinculada a influencias de corte dialéctico social y en parte también a la ideología nacionalista. La segunda, que abarcaba toda la Historia de Navarra, fue académica e independiente de los problemas sociales del momento o de aquellos que se pretendían crear en la Navarra posterior a la transición política. Quienes quisimos participar en ambos Congresos pudimos hacerlo con toda libertad y entusiasmo. No cabe duda que en ambos ámbitos se dieron cita historiadores de valía junto a  otros muchos que andábamos con ilusión nuestros primeros pasos.
El primer Instituto celebró dos Congresos, tuvo su propio boletín de  numerosas páginas, de calidad y con importantes articulistas, pero desapareció pronto para dar paso a una segunda etapa, en la que varios de sus miembros ocuparon cátedras en la universidad pública de nueva creación. Al parecer, el citado Instituto albergaba varias tendencias al fin separadas, a pesar que compartir algunos presupuestos bajo el comprometido manto de una historia crítica y social. Una de ellas ha seguido una derrota más activista debido a su claro compromiso nacionalista.
Por su parte, la SEHN mantiene su funcionamiento, una actividad notable y con éxito y luce ocho Congresos en su haber más el noveno en curso. Los participantes en sus Congresos generales suelen repetir la experiencia, mantienen en el tiempo sus aportaciones, amplían las líneas de estudio, y siguen una línea académica e independiente.
El propósito “revisionista” sobre el conocimiento de la Historia de Navarra planteado por algunos escritores e incluso investigadores fue eminentemente práctico, ideológico y político, sobre todo en su versión nacionalista. Reservamos el término “revisionismo” a la revisión sistemática y que por ello tiene unas claras connotaciones ideológicas. No incluimos en el término  “revisionismo” al investigador que examina e nuevo las afirmaciones de otros autores o  sus propios trabajos sobre el tema que estudia, a quien carece de intereses y planteamientos diferentes a la mera investigación y conocimiento del pasado en lo que puede conocerse conforme a las fuentes,  y a quien no elige necesariamente temas polémicos que puedan provocar reacciones contrarias. En realidad, los nacidos en las décadas de los cincuenta y sesenta del pasado siglo han realizado interesantes investigaciones históricas en todos los ámbitos y temas. Cuando la mayoría realizaba sus aportaciones, se planteaban el estado de la cuestión, la bibliografía anterior,  las tesis y los puntos de vista -si los había- mantenidos. Fue otro sector el que ejerció un “revisionismo” de talante ideológico.
Desgraciadamente, aquellas hornadas de jóvenes investigadores a las que nos hemos referido, que hoy se acercan a una edad de jubilación profesional, no han sido seguidas por otras, de modo que hoy es el sector llamado “revisionista” -en realidad va a desembocar en “iconoclasta”- con incidencia ideológica -marxista o nacionalista- el que parece domina, ocupando  la comunicación social, el ámbito literario, el periodístico y la propaganda propia de su estilo.
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Preguntémonos sobre qué temas han presentado al estudio de la Historia aquellos que, siguiendo ciertos apriorismos, entendieron sus estudios como una herramienta en la dialéctica deconstrucción versus construcción  del presente, según el caso.
En su día se analizó si era posible “desmitificar” el Fuero -así se expresaban-, aunque en la práctica serán los políticos liberales de UCD y sus sucesores quienes arruinaron el Fuero público y privado mediante leyes y una concreta acción  política. Recuerdo que Álvaro D’Ors y Javier Nagore afirmaban que el derecho público constitucional de 1978 vulneró el Fuero público de Navarra, para luego, desde aquel, eliminar el Fuero o derecho privado. En efecto, el derecho privado en Navarra -como en Cataluña a decir de Juan Vallet de Goytisolo- siempre fue anterior al derecho público.
En el discurso final de clausura del Ier Congreso de Historia de Gerónimo Ustáriz de 1985, el profesor Tomás y Valiente -años después será asesinado por ETA- afirmó que el Fuero era un mito, y que los mitos eran peligrosos para la sociedad. Inmediatamente fue respondido por varios juristas en “Diario de Navarra”, y por un joven historiador en la revista “Aportes. Revista de historia del siglo XIX” (nº 1, marzo 1986, p. 52-53). Es pertinente recordar que ésta última revista se mantiene con éxito hasta la actualidad, aunque en su día tuviese algunos contradictores que veían cómo algunos de sus contenidos historiográficos corregían sus puntos de vista, lo que hoy día parece  repetirse de nuevo. Estas correcciones hay que analizarlas caso por caso hasta la actualidad. La endogamia universitaria en España y el control de las publicaciones por ciertas tendencias de pensamiento no lograba asimilar la existencia de una historiografía diferente e independiente de la historia económica y social comprometida.
Pero sigamos con los temas. La instrumentalización del ámbito de la historia crítica -social y económica- en Navarra, actuó sobre grandes temas como el Foral, poniendo quizás en entredicho el ser navarro entendido como un producto -así, cosificado- conservador. No en vano se tendió a identificar el Fuero -convertido en mito por los diferentes intereses de clase- con el conservadurismo.
La “desmitificación” también recayó sobre otros aspectos de la historia de Navarra como el Carlismo, los “heterodoxos” navarros, la identificación de Navarra con la tradición, la Ley Paccionada, el conservadurismo político del s. XIX y XX, la “Gamazada”, los eúskaros, los republicanos. Se ha mostrado erróneamente al Carlismo como una protesta social del campesinado en crisis, sin presencia en las ciudades y las elites sociales, y desde luego ajeno a los Fueros. Se le ha querido ver, como al Liberalismo, como un romanticismo (Luis Suárez). También se ha querido reducir la presencia carlista en Navarra, como ocurre en el reciente libro Militares y carlistas navarros (1833-1849) (2017) valorado por Alfonso Bullón de Mendoza en la revista “Aportes” nº 94 (2017).
Para algunos como Zubiaur Alegre, era bueno que el Carlismo se sustanciase en el museo carlista de Estella. Quizás esto suponga cierto desencanto previo de quien contempló un Carlismo fuerte y popular, con un príncipe a la cabeza. Por otra parte, añadamos puede demostrarse que el Carlismo tiene un fuerte anclaje en la verdad de las cosas y lógicamente exija en un tempo largo. Tiene mucho de clasicismo y de civilización que respetaba la verdad de las cosas, junto a las peculiaridades del momento histórico, y poco o nada de historicismo. Desde luego, los hechos sociales al fin dominantes tras un largo camino no tienen por qué ser definitivos de cara el futuro, por lo mismo que se reconocen cambios previos, y si la historia es lineal en el tiempo pero por eso lo es en su desarrollo concreto. Podría existir una aparente “vuelta atrás”, pues lo impredecible ahí está, la ontología y metafísica no tienen por qué ser una ilusión, los lazos de continuidad pueden ocultarse sin desaparecer. Es más, lo que no sin ingenuidad se ha experimentado como hechos definitivos no se han expresado  sino con un rotundo fracaso.
Hay trabajos de lo que algunos como Del Río y Pan Montojo llaman historia conservadora, que han dado finalmente al Carlismo por desaparecido siguiendo la lógica de los hechos empíricos y quizás un pensamiento muy personal de origen filosófico como el de un historiador ya fallecido. Pues bien,  si el desarrollo de unos presupuestos hizo desaparecer al Carlismo de masas, ello no significa lógicamente que tales presupuestos y los resultados debieran juzgarse como saludables.
La afirmación de algunos historiadores “conservadores” de que “todos buscamos que el pasado dé solidez a nuestra apuesta política” (“Diario de Navarra”, 3-V-2012 p. 71), se puede comprender por el afán de promover el estudio de la Historia en la propia universidad, pues nosotros nos resistimos a entender que sea así, pues haría imposible la objetividad histórica.
De la visión de una Navarra eminentemente tradicional, visión a veces exagerada -sin duda-, algunos han estudiado principalmente a los “heterodoxos”, al socialismo y más tarde al republicanismo. Los trabajos realizados con seriedad sobre esto se deberán engarzar por igual con un estudio similar, pero hoy desgraciadamente inexistente, en relación con la tradición navarra -el tradicionalismo- como herencia renovadora, con la catolicidad y con las distorsiones realizadas por del conservadurismo.
Ahora, algunos de los que impulsaron el Instituto y Congresos arriba mencionados, están realizando otras aportaciones, potencian los estudios de la Navarra del siglo XIX y XX, y desarrollan saludablemente encargos de alguna editorial privada entre otros proyectos.
El camino andado por la “desmitificación” ideológica ha sido largo. Los desenfoques y errores sobre la historia de Navarra por parte de nuevas personas en lid, de menos relieve intelectual que las anteriores, pero más politizadas y activistas, practican talleres de excavación, levantan parques de una memoria selectiva, ofrecen charlas de corta asistencia, poseen una prensa de combate, mantienen una agitada propaganda callejera vinculada al ocio y la cultura popular, realizan concentraciones de calle, y hasta presentan propuestas del Gobierno de Navarra.
Recientemente se han preferido temas como la conquista e incorporación de Navarra a Castilla tras la emblemática fecha de 1512, aprovechando diversos momentos conmemorativos.
También se ha abordado el tema de los represaliados de 1936 que desgraciadamente se encuentra muy politizado, planteándose a lo talibán la destrucción -ya directa y expresa o bien con trampas de naturaleza administrativa- del monumento de Navarra a sus muertos en la Cruzada… (mal llamado Los Caídos). Seguramente este último es el gran tema que sigue pendiente en sus diferentes fases.
A esta temática le acompañan otros problemas menores aunque más efectistas ante la opinión pública, como es “desmitificar” el escudo para así  cambiarlo, eliminando de esta manera los signos de identidad del viejo Reino. Propondrán sustituir las cadenas del escudo por el carbunclo inicial, por lo mismo que elevaron el sello personal del rey Sancho VII -el águila real y sólo él- a rango de bandera grupal y hasta étnica. Súmese a ello el intento de cambiar la letra del zortzico “El Roncalés” cuyo verso canta “del jardín español de flores sin igual…”. En orden a la lengua, existe una extensión administrativa -artificial o artificiosa- realizada con sectarismo e imposiciones según sus contrarios,  de la zona mixta en el uso de vascuence (euskera), el cambio o creación de toponimia y nombres que nunca existieron aquí, la toponimia impuesta durante años en el callejero de Pamplona y otras poblaciones, la alucinante propuesta en julio de 2017 de modificar el nombre de Chantrea por la grafía Txantrea. En realidad el topónimo la  Chantrea es un término franco-castellano y originariamente significa el cargo Chantre de la catedral de Pamplona.
Algunos hoy quisieran suprimir del escudo de Navarra la corona real rematada con una cruz, por lo mismo que años antes, allá el 4-VII-1980, le quitaron -por un voto dicen que "democrático"- la laureada ganada al valor heroico del viejo Reyno y concedida por el jefe de Estado el 8-XI-1937. Cuarenta y tres años, y la heroicidad de la generalidad de Navarra en 1936 tenía que desaparecer. Estas iniciativas van unidas al intento de relegar la bandera de Navarra como Comunidad diferenciada, poniendo la bandera de la CAV entre las banderas de Navarra y -por ahora- de España por imperativo legal.
Nos informan de lo siguiente:

“Hace unos días el Gobierno de Navarra anunció la concesión de la Medalla de Oro de Navarra a Arturo Campión, Hermilio de Olóriz y Julio Altadill por su aportación a la historia, la cultura y la identidad de la Comunidad Foral, además de ser los artífices en 1910 del diseño de la actual bandera de Navarra” (“Navarra Confidencial” 7-XI-2017).

Y continúa esta prensa digital con un párrafo crítico común a otros muchos comentaristas del momento:

“La cosa ya empezó con mal pie porque de algún modo se dejaba caer la idea de que la bandera de Navarra era una cosa que se habían inventado de buenas a primeras estos tres señores en 1910 (…)”.

Hemos mencionado algunos temas que se manipulan utilizando a veces algunas verdades, lo que es el peor método por ser el más engañoso. Cualquier caballo de Troya es un instrumento ideológico y político que puede  convertirse en una praxis, y ello que facilita que cualquier llamado núcleo duro pueda ir “más allá”, plus ultra.
La tergiversación puede actuar desde presupuestos racionalistas (marxistas) o bien románticos (nacionalistas). En tal caso, la acción suele seguir unos planteamientos tan “aplastantes” y a veces tan enérgicos y descalificadores hacia los discrepantes, que sin duda encierra un propósito político-ideológico.
Cualquier historiador sabe como los datos son muy importantes y hasta decisivos, aportar un amplio aparato crítico da una apariencia de seriedad. Sin embargo, esto último por sí mismo no garantiza la verdad de las conclusiones. También resulta importante cómo se redacta la historia, los enfoques utilizados y las expresiones, que debieran ser puramente representativas. Aunque el quién escribe es lo de menos, resulta que en este tipo de “historia” la investigación depende más del investigador que de los datos. 
En excesivo interés mostrado actualmente hacia la historia por parte de cierta prensa y las redes sociales, no es paralelo a la exposición desinteresada de la verdad histórica. Mientras unos pseudo historiadores no van de verdades, otros guardan silencio, encastillados en su torre de marfil y lejos de las contingencias de los hombres y las sociedades. En parte, este silencio se comprende, porque para algunos la verdad no interesa, precisamente para la administración pública ideológica, cuyo poder podría perjudicar a quienes contraríen académicamente sus posiciones. Por lo mismo, personas libres no hay muchas.

José Fermín Garralda Arizcun
Dr. en Historia


jueves, 18 de mayo de 2017

La Orden de Predicadores -los dominicos- en el viejo Reino de Navarra

Celebrando con la Orden de Predicadores su presencia en Navarra

En la exposición del P. Jesús Galdeano O.P.. Foto:JFG2017
OCHO SIGLOS son muchos siglos en el tiempo. Estos son los siglos que lleva la Orden de Predicadores (O.P.) -los famosos Dominicos- en el viejo Reino de Navarra, dejando una imborrable huella religiosa y espiritual, cultural y artística. Son los años del gótico hasta la actualidad.
Pasado el año estricto de la conmemoración, se está celebrando el Jubileo 800 que abarca de 1216 al 2016.
Este es el título de la conmemoración de la Orden en Pamplona: “Ocho siglos de presencia de la Orden de Predicadores en Navarra: del Gótico al Barroco”, ciclo de conferencias del 16 y 17 de mayo, celebradas en la amplia iglesia de los PP. Dominicos del s. XVI, situada detrás del Ayuntamiento pamplonés, en uno de los lados de la plaza de Santiago (C/ Mercado nº 3).
Los Dominicos han sido y son un proyecto de vida apostólica católica, en continua misión con la predicación de la Palabra, que promueve la contemplación, cultiva la ciencia filosófica y teológica a través de grandes teólogos, se hace profecía y compromiso, y se expresa -también hoy- en el arte, identificado en torno a sus diferentes peculiaridades.
Ya en el siglo XIII los frailes dominicos se dispersaron por la Europa cristiana y tuvieron una rápida expansión. La fidelidad de su fundador Santo Domingo de Guzmán fue para con la Iglesia Católica, explicando la Palabra frente a las herejías de su tiempo mantenidas por los cátaros, valdenses y albigenses.  La Edad Media no fue una época gris sino activa, apasionada, pluriforme y de brillantes períodos.
Fachada del convento de los
dominicos de Pamplona. Foto:JFG2017
Entre los dominicos misionaron Jacinto de Polonia en tierras bálticas durante el s. XIII, Vicente Bernedo en la Bolivia del s. XVI-XVII, Domingo Erquicia en Japón, San Francisco Capillas en China llegando a ser un protomártir (1648), San Valentín de Berri Ochoa fue misionero mártir en Vietnam, Ascensión Nicol (+ 1940) fue la fundadora de las Misioneras Dominicas del Rosario, Fr. José Álvarez “el Apaktone” misionó en las selvas del bello Perú. Hoy, aunque con la crisis que afecta a todas las Órdenes Religiosas, los dominicos se extienden por los cinco continentes y regentan 237 centros religiosos en Europa, 99 en Asia, 36 en África, en América son 175 centros y en Australia tienen 13 centros religiosos.
Aunque el único Maestro es Cristo, quiso seguirle de cerca el burgalés Santo Domingo de Guzmán (1174-1221), que fue canonizado el 3-VII-1234 en Rieti. 
Son maestros de contemplación los dominicos Juan Eckhart de Renania (s. XIV), Juan Taulero en Alemania, Catalina de Siena que fue doctora de la Iglesia en momentos críticos del dramático cisma de Occidente, Álvaro de Córdoba (+ 1430) como impulsor del ejercicio del Vía Crucis, Santa Rosa de Lima como patrona de América, San Martín de Porres “fray Escoba” allá en Lima del virreinato del Perú, Juan González Arinteo (+ 1938) que fue el impulsor de la piedad instruida. 
¿Quién no conoce a los principales teólogos de la Iglesia Católica? Tales como Tomás de Aquino llamado “doctor Angélico”, Alberto Magno como patrono de los científicos, Francisco de Vitoria que fundó el derecho de gentes en sus “Reelecciones” ante el caso de América, el ayer controvertido Bartolomé de Carranza del s. XVI, como teólogo del concilio de Trento -como todos los concilios hoy de plena actualidad- y arzobispo de Toledo, diversos teólogos del concilio Vaticano II y otros de hoy día. 
Guía informativa de la iglesia, sencilla y didáctica, para el turista. 
Ahí están los grandes oradores sagrados como San Vicente Ferrer (+ 1419), el literato Fray Luis de Granada, Francisco Coll que fundó la Congregación de las Hermanas Dominicas Anunciata en el s. XIX, José Cueto como fundador de las Hnas. Dominicas de la Sgda. Familia a finales del mismo siglo, José Lagrange que fundó los Estudios Bíblicos Católicos, el conocido Alberto Colunga (+ 1962) que tradujo la primera biblia al castellano. 
Con el don de profecía y compromiso destaca Santa Margarita de Hungría en el s. XIII o ápice medieval, el padre Antonio Montesinos como predicador a los primeros españoles e indios en Cuba, Pedro de Córdoba, al también controvertido Bartolomé de las Casas (+ 1550) aunque errase en no pocas de sus apreciaciones como se demostró indirectamente en La controversia de Valladolid (Jean Dumont, 1997) mantenida con Ginés de Sepúlveda y directamente en otros libros, Jorge La Pira y Dominique Pire en el siglo XX… 
¿Y las artes plásticas? ¿Qué decir de los pintores el beato fray Angélico y Bartolomé de la Porta, del arquitecto Martín de Santiago, todos ellos del Renacimiento, y del pintor manierista o pre Barroco Juan Bautista Maino? Ahí están también el teórico del arte sacro Marie Alain Couturier en el s. XX, y en nuestros mismos días el escultor Miguel Iribertegui y el vidriero y mosaicista Domingo Iturgaiz, ambos navarros de Huarte y Villava respectivamente.
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Auditorio en la lección del P. Jesús Galdeano O.P.. Foto:JFG2017
La conferencia del P. Jesús Galdeano, prior de los dominicos de Pamplna, fue un repaso histórico desde la fundación de esta Orden mendicante hasta su presencia actual en Navarra. Fueron mendicantes como los franciscanos, extendiéndose por las ciudades y viviendo en ellas de limosnas con lo que daban ejemplo de pobreza y confianza en la divina Providencia. De ésta manera, los edificios que construyeron en las ciudades fueron sobrios y austeros, con la sencillez y humildad constructiva propia de su carácter mendicante.
Parece que Santo Domingo atravesó la cordillera de los Pirineos desde Francia en 1218. La presencia dominicana en Navarra fue muy fuerte desde su origen. Por ejemplo, en 1242 se celebró un Capítulo Provincial en el Reino pirenaico, seguido por otros Provinciales y Generales.
Los datos indirectos de la fundación del convento de Pamplona son de 1230, construyéndose su iglesia entre 1537 y 1568. Esta iglesia, levantada bajo la advocación de Santiago, es muy alta y ancha, y amplia y austera conforme a la costumbre dominicana. De 1630 a 1771 los dominicos rigieron su propia universidad de Santiago en Pamplona -que no llegó a ser universidad del Reino-, expidiendo títulos reconocidos en varias universidades, hasta que el regalista Carlos III la suprimió. El claustro conventual pertenecía a la universidad. Se conservan muchos sermones de los siglos XVII y sobre todo XVIII, pues el Ayuntamiento contrataba a un dominico para los de Cuaresma. Luego el edificio se transformó en convento colegio (1772-1837). En la francesada, el convento iglesia de Santiago de Pamplona se convirtió en cuartel de los franceses, una vez que el usurpador José Bonaparte suprimió las Órdenes religiosas, como forma falsamente ilustrada de ganarse al pueblo. Tras la restauración fernandina (que según algunos no fue una auténtica restauración), la exclaustración de 1836 fue seguida de la desamortización (caracterizada -añadimos- como insigne latrocinio para Menéndez Pelayo, gran parte de los españoles de entonces y la misma Iglesia). En su repaso histórico el P. Galdeano llegó hasta la refundación en 1914 en Pamplona, en 1915 en Villava, y la creación de la parroquia San Esteban en Gorraiz (1997). Se añade el colegio de las Dominicas de la calle Jarauta (1400-1597) que antes había sido un beaterio, las dominicas de Tudela (1519), los dominicos de Sangüesa y Estella, las misioneras de la Sgda. Familia, y las del Rosario de Barañain.
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Convento de Santo Domingo de Estella
El dr. Javier Martínez de Aguirre, de la universidad complutense de Madrid, desarrolló como tema el convento de Santo Domingo de Estella y la arquitectura mendicante del siglo XIII. Su amena palabra y didáctica convirtieron las piedras -derruidas a comienzos del s. XX- en un relato explicativo y completo, con erudición e hipótesis personales muy sugerentes. Sobre este convento investigó antes Goñi Gaztambide (1961, 1990).
Como conclusión del autor, el convento de Santo Domingo de Estella es el convento más importante de una Orden mendicante en la España del siglo XIII. Es un conjunto asombroso en la arquitectura medieval de Navarra. Hoy se han reconstruido la Iglesia y el refectorio y se han construido dos alas más. Se dedica a una residencia de personas mayores. (Recuerdo haber visitado allí al requeté Nicanor Arbeloa natural de Mañeru).
Este convento tuvo muchos apoyos económicos del rey Teobaldo de Navarra. El solar era amplio, elevado y alejado del centro urbano y hasta de sus murallas, lo que le valió ser respetado y no derribado. La iglesia es amplísima, austera y sencilla. Su altura sobrepasa el límite marcado por los cánones constructivos de la Orden, y sigue la tendencia de ésta de rechazar las construcciones suntuosas. En este edificio se advierte el conflicto entre las grandes dimensiones de la obra y la humildad en la fábrica constructiva, ajena a la ostentación de belleza arquitectónica. La amplitud de la nave central era necesaria para la expansión de la voz que transmitía la Palabra, y la sencillez corría parejas con la pobreza que buscaba la orden mendicante dominicana.
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Impresionante órgano del s. XVII
de la iglesia
de los dominicos de Pamplona.
Foto:JFG2017
El día 17 han tenido lugar las exposiciones del dr. Ricardo Fernández Gracia “De la mano de las artes figurativas y más allá de los claustros dominicos: las devociones”, y de la dra. María Josefa Tarifa Castilla sobre “Los conventos de Predicadores de Tudela y Pamplona”. Por su parte, el canónigo y organista de la S.I. catedral de Pamplona y párroco de Cristo Rey, don Julián Ayesa, ha mostrado su maestría musical al órgano del convento de Santo Domingo, pieza ésta única estudiada por el también canónigo Aurelio Sagaseta de Ilurdoz.
Sobre la iglesia de Santiago de Pamplona hay varios trabajos de Meerseman (1946), Fausto Andía (1977), Martinena Ruiz, Salvador Conde, y Domingo Iturgaiz (1994).
De esta forma, sencilla pero completa, se ha realizado un repaso a los ocho siglos de presencia de la Orden dominicana en Navarra. Las referencias al catálogo monumental del arte en Navarra completan las exposiciones, que además de muy eruditas han sido amenas y verdaderamente divulgativas.
Nuestro agradecimiento por esta nueva actividad de la Cátedra de Patrimonio y arte Navarro de la Universidad de Navarra. 
José Fermín Garralda Arizcun
Dr. en Historia
Pamplona, 17-V-2017

jueves, 13 de abril de 2017

El terrorismo de ETA: los carlistas como objetivo

NOVEDAD EDITORIAL

IBÁÑEZ, Víctor Javier, Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo, Madrid, Ed. Auzolan, 2017, 227 pp.


ACABA DE APARECER un nuevo libro en el mercado editorial. Se trata de una nueva línea de investigación por lo que respecta a su concreción última: los carlistas asesinados por ETA

Asistimos al desarrollo de un tema desgraciadamente muy actual y oportuno debido a los relatos de plomo que comienzan a aparecer sobre el terrorismo etarra. Ya hace unos días se escenificó en Bayona la entrega de armas por ETA. 

Así mismo, se trata de un libro original porque especifica la aplicación del terror a los tradicionalistas carlistas. Víctor Javier Ibáñez es el primer autor que toma esa perspectiva ignorada por muchos y olvidada sistemáticamente por las instituciones públicas, para las cuales ETA atenta sobre todo y en primer lugar a la Democracia. Así, como víctimas por la Democracia, van a pasar a la Historia los asesinados por ETA. Sin embargo, ¿es esto verdad?


Hasta ahora el sistema político español e internacional ha vinculado a las víctimas del terrorismo con la Democracia liberal. Pues bien, este libro deja claro que las víctimas no lo son por la Democracia, sino que son víctimas por todos los perversos objetivos terroristas y ya está. 

Son víctimas del terrorismo una larguísima lista de guardias civiles, militares, funcionarios, personas de la calle, españoles de a pie con hombría y dignidad, generalmente con extensa familia y muy buenos cristianos. Sin duda sus profundas creencias religiosas ha sido determinante a los familiares de muchas víctimas para contener el dolor sufrido, para perdonar personal y cristianamente a los asesinos, y para exigir -por imperativo de bien común- justicia social. El autor no quiere que se olvide esto último, ni que se llegue a ser inmisericorde con la sociedad al dejar impunes a los asesinos. 

El tema de este libro  recoge la persecución que los tradicionalistas sufrieron de manos de la banda terrorista ETA. Arrancar y asesinar a los buenos españoles y católicos de Euskalerría significaba necesariamente arrancar de ella a tradicionalistas y desde luego carlistas. ETA disparaba contra personas, pero también contra la Causa que representaban. No en vano, la historia y después los Tercios carlistas de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya demuestran, entre otras cuestiones, la gran unión entre Carlismo y tradición española con las nobles tierras vascas. Como esto es así, el autor reclama que se diga por qué murieron asesinados tantos tradicionalistas. Su memoria no puede perderse. 


Fruto de ello, el autor analiza uno por uno el caso de muchos tradicionalistas, aunque personalmente me atrevo a constatar que no todos ellos eran carlistas. De ésta manera, la boina roja de la portada no puede hacerse extensiva absolutamente a todos los asesinados recogidos en este libro, aunque quienes de ellos no eran explícitamente carlistas simpatizasen sin duda con el Carlismo. 

Este original y actual tema lo trata el historiador Víctor Javier Ibáñez en su reciente libro titulado Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo. Es un libro riguroso y bien trabajado. Falta la autoría de algunas fotografías aunque quizás con ello el autor no quiera repetir nombres, lo que desde luego no es un inconveniente. El libro está en papel y muy bien impreso. Se ha editado en España el presente 2017. En el proyecto se ha involucrado de lleno las ediciones Auzolan. Con cubiertas a color, y papel de calidad, consta de 227 páginas. Contiene la imagen de cada uno de los asesinados entre otras a color. 

Las nueve páginas del prólogo corresponden al dr. Andrés Gambra, de familia con arraigo en el valle de Roncal (Navarra), y el epílogo de cuatro páginas de Alberto Ruiz de Galarreta (seud.  Manuel de Santa Cruz). A una breve bibliografía de 35 títulos le sigue un índice onomástico.  

Nuestra enhorabuena al autor por su generosidad en entregarnos su tiempo y el fruto de su trabajo. Nuestro agradecimiento al esfuerzo editorial es esta sociedad nuestra ayuna en libros libres, auzolan y burujabetza. 

El libro merece adquirirse. Para ello dirigirse a: info@edicionesauzolan.net   

José Fermín Garralda
Dr. en Historia





domingo, 29 de enero de 2017

“El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)” Presentación y comentario

Presentación de “El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)”

(Análisis de un nuevo final ante un nuevo comienzo)

REGRESA LA HISTORIA COMO CIENCIA. Fue el martes 24 de enero a las 19:30 y durante una hora, cuando se presentó un importante libro sobre Carlismo en el Nuevo Casino de Pamplona. Se trata de la obra ganadora ex - aequo de la XIVª edición del Premio Internacional de Historia del Carlismo “Luis Hernando de Larramendi” -abuelo del presentador del acto- de la conocida Fundación Ignacio de Larramendi. Fue fallada hace dos años y medio en Sevilla para fallarse el próximo 25 de enero la XVª edición.

El hermoso salón principal, cuyo balcón señorea la plaza del Castillo de tantos recuerdos siempre -festivos y no tan festivos-, estaba lleno de público. Los convocantes fueron el presidente don Joaquín Molinero Abaurrea y don Luis Hernando de Larramendi como presidente de la Fundación.
Entre los asistentes había numerosos conocidos, doctores e intelectuales, profesores de universidad, como el Dr. Valentín Vázquez de Prada -padre de la autora, historiador de la Edad  Moderna y que en 1986 fue director de tesis de quien esto escribe sobre la administración municipal de Pamplona en el siglo XVIII- , los doctores Satanley G. Payne de University of Wisconsin-Madison, Alfonso Bullón de Mendoza del CEU, Asín RemÍrez de Esparza, Andrés Gambra, Juan José Martinena de la RAEH, Fco. Javier Caspistegui, Jesús Tanco Lerga, Pablo Larraz, Juan Cruz Alli, la profesora Artazcoz y un largo etc., autores como Joaquín Ansorena, Javier Garisoain, Javier Baleztena entre otros muchos.  
El acto fue retransmitido en directo y puede visionarse en el canal youtube (www.larramendi.com).
Correspondió dar la bienvenida en nombre del Casino al historiador Joaquín Ansorena, que agradeció a la Fundación convocante, a los miembros de la mesa y al público. Advirtió que por primera vez se iba a retransmitir el acto en directo, uniendo así este hermoso y antiguo salón con las nuevas tecnologías.

El señor Larramendi -en nombre propio y de sus hermanas Carmen y Coro ahí presentes- inició la presentación del título: El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-67), de la conocida autora la Dra. Mercedes Vázquez de Prada y Tiffe. Este libro de 355 páginas y portada a color, ha sido impreso en Gran Bretaña por Amazon.com y se encuentra en la red digital, pudiendo imprimirse en formato tradicional a pedido. En la sala se vendió a 15 euros. La editorial es Schedas S.L.

Dr. Fco. Asín , el hispanista Dr. Stanley G. Payne, Luis Hernando de Larramendi, la Dra. Mercedes Vázquez de Prada, autora del libro presentado. Foto: JFG2017
El Señor Larramendi presentó la Fundación Ignacio Larramendi, su origen y objetivos, así como el susodicho Premio Internacional. Destacó algo evidente, y es que la Institución convocante no admite la llamada historia apologética, que es una pseudo historia. El Premio se inserta en el vasto marco científico (que -añade quien esto escribe- sobrepasa de forma inclusiva el ámbito del profesorado universitario, conforme a la endogamia e ideologización de la universidad española), de la honestidad académica, en la exposición de los hechos, en un rigor que rechaza la apología o el intento de demostrar apriorismos. En efecto, el historiador tan sólo debe alumbrar el pasado histórico.
Las intervenciones recogidas a continuación sitúan el libro en el ámbito historiográfico, y mostraron ciertas discrepancias entre algunos miembros de la mesa que es interesante resaltar. Su exposición la hacemos según las notas tomadas en la sala, que hemos contrastado y el lector puede contrastar con el vídeo de youtube.
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El Dr. Stanley G. Payne, uno de los mejores hispanistas del ámbito académico, recordó con afecto y no sin melancolía, a dos amigos que -según él- tanto han hecho por el conocimiento histórico de la última guerra en España. Mencionó con emoción a sus amigos el abogado Fco. Javier de Lizarza -recordado como mecenas, gran carlista y español- y al jurista Javier Nagore Yárnoz -gran foralista, también carlista, y que dejó su testimonio e  investigaciones sobre la vivencia de los Tercios de requetés en la Cruzada-. A este insigne hispanista americano se debe el prólogo del libro presentado.
A decir de Stanley G. Payne, el Carlismo ha sido el movimiento político más longevo de la historia contemporánea de España y ha durado mucho tiempo. Ha sufrido un declive sociológico en sus números hasta la actualidad debido a las modernizaciones y los cambios sociales. El destino del Carlismo fue ser resucitado por sus enemigos en 1868 y la primera República, y con las provocaciones de la IIª República. Rejuvenecido por entonces, en 1936 Fal Conde quiso una sublevación sólo carlista y monárquica, aunque finalmente tuvo que sumarse a otros sectores. Eso sí, los carlistas eran los que tenían más determinación. La guerra de 1936 no significó la victoria de los carlistas, aunque tantísimo hiciesen para su logro. A Franco le gustó el tradicionalismo como visión histórica, religiosa y social. Ahora bien, no le gustaba nada el Carlismo como cuestión dinástica o legitimista, por ser -según él- insuficientes para  movilizar a todos los españoles, y un factor de división entre los españoles. A pesar del Decreto de Unificación de 1937, el Carlismo se insubordinó en la primera época del Régimen, lo que ya ha sido estudiado por alguna obra premiada por la Fundación. Franco reservó los cargos de Ministro de Justicia y de presidente de las Cortes a carlistas colaboracionistas, admitió una autonomía limitada de Álava y Navarra, afirmó algunos de los puntos básicos del Carlismo como el catolicismo tradicional, su cultura moral y religiosa y la unidad nacional. Para Franco, exigir más era entrar en el reino de las fantasías. Luego Franco promovió la candidatura del malogrado Carlos VIII. Si hubo carlistas destacados que colaboraron con Franco, sin embargo Fal Conde se opuso rotundamente durante muchos años, a la vez que don Javier se mostraba ambivalente. Franco tildaba a éste de aristócrata francés que no tenía que ver con España, aunque don Javier aceptase los términos básicos del tradicionalismo. Frente a los posibilistas estaban los intransigentes, lo que abre las muchas peripecias narradas en el libro de la presentación.
Según Stanley G. Payne, la autora ha analizado con éxito varios archivos personales para conocer un proceso contradictorio y confuso como es la etapa del Carlismo de 1957 a 1967. Ha sido una labor complicada y ha exigido mucha iniciativa personal en la historiadora. Según el hispanista, lo que hizo difícil la continuación del tradicionalismo genuino -esto es, mantenerse con éxito- fueron tres elementos. Primero, la eclosión de la democracia-cristiana y la social-democracia en Europa, acompañada de una mejora económica sin precedentes. Segundo, el cambio generacional entre los carlistas. Tercero, aquellos aspectos del Concilio Vaticano II que parecían dar al traste la unidad católica y que parecía legitimar la democracia existente; ¡qué puñalada por la espalda! -la del Vaticano II- decían Franco, así como los carlistas puros y el carlista moderado don Javier. Años después, don Carlos Hugo cambió el Ideario y programa tradicionalista por un llamado socialismo autogestionario, que implicaba una oposición al tradicionalismo político y fue heterodoxo, llegando así las primeras elecciones del año 1977. Don Carlos Hugo hizo pasar al Carlismo de la extrema derecha a la extrema izquierda. Según el hispanista, en el libro la autora describe con detalle y equilibrio la lucha de las élites dentro del Carlismo, pondera el peso relativo de sus líderes y sectores, y analiza el conflicto fundamental con la nueva heterodoxia de don Hugo. Se hace a través de una seria investigación de fuentes primarias, que analiza con precisión esta etapa clave de la historia del Carlismo, la última fase del Carlismo verdadero.
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Vista general de la sala. En primera fila, a la izquierda y con corbata,
 el dr. Valentín Vázquez de Prada. Foto: JFG2017
El Dr. Francisco Asín Remírez de Esparza se presentó como  investigador de la primera guerra carlista en Aragón siendo profesor universitario de Zaragoza durante dos décadas. Por eso, lo suyo no era juzgar en profundidad el libro presentado. Quien le conoce, sabe que desde hace muchos años don Francisco Asín es un gran conocedor del mundo editorial y del libro antiguo. Pero lo que aquí más importa es que, además de su rigor doctoral, el ponente conoció en primera persona el Carlismo desde dentro de él durante los años sesenta, como miembro de AET. Así mismo, el hecho de trabajar en las revistas Montejurra y Esfuerzo Común le dio acceso a muchas cartas y a conocer los problemas que se suscitaron.
Francisco Asín agradeció a la autora su trabajo investigador, lo que no impidió mostrarse crítico con algunos de sus planteamientos.
Según el Dr. Asín, los hechos como tales son objetivos, pero no lo son las interpretaciones que se hacen de ellos, pues pueden estar sujetas a diversos planteamientos, principios y prioridades. Es más, también en los documentos hay elementos de subjetividad. Puso un divertido ejemplo de ello. Consideró que el libro es interesante, está lleno de informaciones, a veces poco conocidas y que aporta una visión y una parte de lo que fue el Carlismo. Sin embargo -continuó- la realidad de entonces era mucho más compleja, por lo que se hacen necesarias más fuentes y más puntos de vista que las utilizadas en el libro. Él hubiera preferido más visiones y un mayor contraste entre ellas.
Para el Dr. Asín, el título del libro se refiere a lo que será el huguismo, es decir, la evolución de la Comunión Tradicionalista y el quehacer de José María Valiente hasta el momento de formarse -añade quien esto escribe que mediante ruptura- el llamado Partido Carlista. Sin embargo, en el libro faltan otros sectores como la Regencia de Estella nacida en 1958, la existencia de otras muchas sensibilidades que pudieran dar una visión diferente, y se relega a Fal y a otras importantes personalidades.
Según su propia experiencia y la de otros carlistas, los años 1965-1972 no supusieron para ellos un giro de la extrema derecha a la extrema izquierda, pues no se sintieron en ninguno de ambos ámbitos.
Si la época de José María Valiente y también la de José María Zavala fueron posibilistas, es porque había una presión de los carlistas para obtener del Régimen lo que iban obteniendo don Juan y don Juan Carlos. Con Zavala ocurrió lo mismo, y si Carlos Hugo no se presentó como el príncipe del Régimen sí se presentó como el Príncipe del 18 de Julio -hay carteles de propaganda que lo indican-, pasando luego a intentar ser  “rey” en la oposición.
¿Cómo es posible que un movimiento tan popular, vigoroso y combativo desapareciera casi de golpe en la década de los sesenta? El libro lo quiere explicar de dos maneras. Primera, alegando la postura no firme de don Javier y sus titubeos con don Juan, y, segunda, subrayando los enfrentamientos internos entre los carlistas. La existencia de dichos enfrentamientos es verdad, pero lo primero hay que matizarlo mucho. A continuación el Dr. Asín aportó sus argumentos como idea principal de su exposición.
A modo de síntesis puede decirse que a la afirmación de que al Carlismo le resucitan sus enemigos, habría que añadir que también es cierto que lo matan sus amigos.
Desde su experiencia personal, Asín manifestó lo siguiente. Don Javier fue un hombre sencillo y próximo, y fue coherente en sus ideas, nunca tuvo los vaivenes de don Juan capaz de pactar con los nacis en los 40, hacer declaraciones tradicionalistas en Estoril, y luego pactar con los comunistas en el 75. Se opuso totalmente al fascismo -con palabras y con el hecho de estar prisionero en Dachau-, y aceptó la evolución del quehacer de los carlistas para su permanencia, adaptaciones que muchos años antes hizo don Jaime y se hacen  evidentes en otras ocasiones. El Carlismo no intentaba conquistar el poder por el poder, sino para lograr unas estructuras nuevas que hicieran posible las libertades.  La sociedad pluralista se debía hacer por la vía social cristiana y no marxista. El libro -según el ponente- olvida que don Alfonso Carlos le designó rey a don Javier sino regente, lo que le permitió tener sus dudas sobre qué sería lo mejor para España.
Por otra parte, los movimientos de juanismo y el Carlismo son muy anteriores a don Javier. Comienzan con don Jaime y don Alfonso Carlos y nadie ha dicho que ambos tuvieran titubeos o vaivenes. Sobre ello el ponente aporto diferentes datos al respecto, así como del entrismo de juanistas en los círculos carlistas. En realidad, ni Alfonso Carlos ni don Javier reconocieron a don Juan porque no veían claro ni sus ideas, ni sus actitudes, ni siquiera su legitimidad.
La causa de la crisis de los carlistas no sólo son las desavenencias internas, sino también una labor de ataque exterior desde el Régimen de Franco. El Carlismo recibió ataques por el Régimen con la seducción, mediante ofrecimientos y prebendas, y diferentes actos de fuerza. La autora explica cómo intentaron convencer a algunos profesores de la Universidad de Navarra, y si el historiador y sacerdote Suárez Verdaguer aceptó ser preceptor de don Juan Carlos (añado quizás por ser sacerdote), Álvaro D’Ors rechazó la oferta y dijo: “Los hombres somos flacos capaces de cualquier villanía, pero en este caso me he salvado”. Pocos carlistas cedieron a los ofrecimientos del franquismo o del juanismo, pero eso también erosionó a los carlistas.
A partir de los años 1965, el juanismo desapareció como una opción para los carlistas. Los carlistas vieron en el juanismo un acicate para atacarle  por las prebendas, preferencias y distinciones que obtuvo del Régimen frente al Carlismo.
Al hablar de la crisis de los carlistas hay que abordar la actitud del régimen del Franco: prisiones, prohibiciones, seducciones, y en plena guerra y después el cierre de Círculos y la clausura de los 49 periódicos sin contar las muchas revistas. En efecto, la crisis de los carlistas no son sólo las desavenencias internas sino también la presión e intervención externa. Ello hizo que el Carlismo fuese un movimiento popular que perdiese ganando, que perdió en la paz después de ganar la guerra, siendo excluido de las ventajas de los ganadores y también de los perdedores.
El Carlismo no participó en el Régimen franquista -y mucho menos pudo ser agente de la construcción de España por la que había luchado-, aunque sí participasen en el Régimen algunos carlistas a título particular.
Con estas palabras, el Dr. Asín se distanció desde la experiencia de algunos planteamientos de la autora. Sin duda ello enriqueció la aportación de la mesa.
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Vista general de la sala del Nuevo Casino de Pamplona. Foto: JFG2017
Llegó el turno de la autora, la Dra. Mercedes Vázquez de Prada, tan esperado por el público, que explicó algunas cuestiones sobre la elaboración y redacción de un libro de historia política general, correspondiente a la etapa posibilista de los carlistas con el Régimen franquista entre 1957 y 1967. Contó el cómo y por qué escribe la obra y otras cuestiones significativas.
 Con el título El final de una ilusión quiso reflejar dos sentimientos que aletean en el carlismo en esta época, que son el entusiasmo y el fervor,  contagiado a las masas y percibido en el Acto de Montejurra de forma visual, lugar donde se juntaban carlistas de todas las edades, de todos los grupos sociales y lugares. En la portada del libro hay cinco muchachas con la ilusión propia esa joven edad durante los años 60. “Un sentimiento de ilusión en el sentido de una imagen irreal creada por el sentimiento que es una esperanza de llevar al país a una monarquía tradicionalista, pero que es algo que difícilmente podía llevarse a término y que en definitiva no pudo ser(1). (Quien esto escribe, considera que esta expresión es clave en la exposición del libro, por lo que remitiré mi valoración en nota).
La autora consideró que el Carlismo fue un movimiento importante en la Historia de España hasta los años setenta del siglo XX. Después de más de un siglo y medio de historia, y de tres guerras, aún no se había estudiado lo ocurrido en la década de 1960, etapa conocida sólo por los que la vivieron. Pues bien, es en ella donde se encontrarán -según la autora- las claves del movimiento tradicionalista, que a su vez explicarían el futuro giro del tradicionalismo socio-político al llamado socialismo autogestionario.
Las fuentes utilizadas corresponden a los archivos personales de  Valiente y Fal Conde, ambos depositados en la Universidad de Navarra. El archivo de José María Valiente es de primera categoría, pues atesora una correspondencia activísima entre 1957 y 1967, que incluye a las altas personalidades esparcidas por toda España, y refleja los ambientes económicos y culturales y sociales.  Valiente será un catedrático de derecho civil, que procediendo de las JAP y siendo su presidente, militará en el Carlismo desde 1934. Por otra parte, también el archivo de Fal Conde, abogado sevillano anti colaboracionista con el Régimen, es importantísimo porque será un referente político de primer nivel en la Comunión Tradicionalista, a pesar de ser retirado por don Javier de la jefatura por su tenaz oposición a Franco. Por ello don Javier le nombró  consejero especial.
Gran parte de los carlistas no aceptaron el posibilismo. Cuando los dirigentes apreciaron que Franco giraba en torno a los liberales que apoyaban a don Juan Carlos, es cuando don Javier realizó un giro posibilista acercándose a Franco. Este posibilismo no era una identificación con el franquismo. Los posibilistas querían congraciarse con Franco y acercarse al Régimen por dos motivos. Uno, para tener una holgura política con la que sobrevivir, conseguir una estructura y organización política, no ser arrinconados, actualizar su Ideario, y obtener puestos de influencia. En segundo lugar, para adelantarse en la carrera a los liberales -así dice la autora-, que con Laureano López Rodó a la cabeza estaban diseñando sus estrategias para poner a Juan Carlos de Borbón.
El libro se centra en el período posibilista de los dirigentes del Carlismo oficial con el Régimen de 1957 a 1967, que se divide en dos fases. La primera, de 1957 a 1964, fue una etapa de auge e ilusión, en la que se reactiva un movimiento que aún tenía rescoldos muy vivos, que coincidía con la labor de Valiente -jefe de la secretaría desde 1957 y jefe delegado en 1960- para al final tener lugar el matrimonio de don Carlos Hugo en 1964. La segunda fase, desde finales de 1964 a 1967, fue de declive y desilusión. Luego vino el giro heterodoxo de carlistas hacia el huguismo.
El Tradicionalismo político quedará engullido por la crisis general de los años sesenta en todos los ámbitos: social, político, eclesial, y generacional. Esto va a minar las bases de tradicionalismo. Se asistía a una revolución silenciosa de amplitud occidental y europea. Tras 1964 todos los vientos soplaban en contra: el Régimen de Franco, la Iglesia (quien esto escribe hablaría mejor de crisis en la Iglesia por todos vivida), la sociedad, la crisis generacional (que enfrentará a los tradicionalistas con los que querían hacer otra cosa según el momento). Así, según la doctora, se produce una triple fragmentación de la Comunión: en sus líderes, en su proyecto político, y en las masas desconcertadas por la magnitud del cambio político, social y en el seno de la Iglesia.
Para la autora se trata de un libro sin conclusiones porque es el propio lector quien debe extraerlas fundado en las fuentes que se ofrecen en él, de por sí muy significativas y elocuentes.
 El libro saca a la luz aspectos sorprendentes y hasta ahora poco conocidos de la historia reciente del Carlismo. Plantea incógnitas que pueden ser un punto de partida para muchas investigaciones, pues hay muchísimo Carlismo en todas las regiones de España desde Asturias hasta Canarias, siendo quizás la región de Extremadura la que menos tenía. Además, hay fuentes abundantes para abordar estos trabajos.
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Para terminar don Luis Hernando de Larramendi agradeció la profesionalidad, el rigor, la honradez, el espíritu auténticamente investigador, el ansia por descubrir, tampoco por tomar partido que naturalmente las cosas se ven desde un ángulo y eso es inevitable… porque ha hecho una gran contribución de la que pueden salir muchos trabajos sobre ese período donde inciden muchas concausas, y del período posterior.

José Fermín Garralda Arizcun
Doctor en Historia
Pamplona 29-I-2017
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A modo de curiosidad, un caballero con boina roja repartió abundantes calendarios de bolsillo del año 2017. Lo hizo a la salida del acto académico y después del vino español servido en el salón. Seguramente con ello quería comunicar que el tradicionalismo carlista  (en España el tradicionalismo verdadero continúa o simpatiza con la transmisión de la legitimidad carlista) sigue siendo un proyecto-así dicen hoy- ilusionante para unos, y, para estos mismos y otros muchos simpatizantes, un proyecto  necesario para la sociedad navarra y española. Ciertamente, cuando una sociedad al fin está deshecha, la vuelta de un monarca legítimo, por urgente que sea, podría esperar. 

Decimos un proyecto necesario por la verdad de los principios generales, fundamentos y concreciones particulares de dicho proyecto, por su "olfato" político, y porque todo lo demás -importado por sus viejos y aparentemente triunfadores enemigos- se ha ensayado con un total fracaso por ser ajeno a los valores del Cristianismo, de la ley natural más básica, y de la tradición (tradere) española en cuanto que renovadora. El fracaso de nuestra civilización ha sido hondísimo y prolongado, y el camino de la disolución ha sido y es algo accidentado y reiterativo. Que el tradicionalismo no haya podido frenar y superar este fracaso no es demérito de quienes lo han intentado y siguen intentando, sino de aquellos que se callaron y se suman al carro vencedor. 

Hablamos de una tradición que recoge la civilización católica y española, expresada en un bagaje propio por lo que respecta a la persona, al matrimonio, la familia, los cuerpos sociales intermedios, el Derecho, los derechos propios de las comunidades históricas -Fueros, no delegaciones del Estado- armonizados en la unidad, expresión todo ello de los diversos pueblos hispánicos en sus fundamentos y coordenadas espacio temporales.